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miércoles, 5 de marzo de 2014

Los perros lúcidos de Cervantes





Daniel G. Rojo

"¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?”. El mundo, España en particular, no ha cambiado demasiado desde que Berganza, un perro guardián del Hospital de la Resurrección de Valladolid, se hiciera estas reflexiones cuatro siglos atrás, una noche en la que la providencia tuvo a bien conferirle la facultad del habla. Su larga charla con Cipión, conocida como ‘El coloquio de los perros’, es desde entonces una de las más famosas ‘Novelas ejemplares’ de Cervantes, que Nórdica Libros acaba de devolver a los escaparates de las librerías en una pequeña pero magnífica edición ilustrada por Antonio Santos. 

Las desventuras que Berganza vive al servicio de diferentes amos, un jifero, unos pastores, un rico mercader, un corchete, un soldado, unos gitanos y un morisco, dan pie a Cervantes para trazar una radiografía de su época, pero también para poner en juego una serie de sentimientos, virtudes y vicios universales: la necesidad de sobrevivir, la ambición, la corrupción, la avaricia, la calumnia y la murmuración -de las que no están a salvo ni los dos protagonistas-, la culpa, el arrepentimiento, el fanatismo, la hipocresía…




Berganza, en su calidad de can, no es más que el trasunto de un pícaro que, a través de sus diferentes señores y de sus propias necesidades, desnuda los claroscuros del alma humana con un afán ejemplarizante, como el propio autor dejó claro en el prólogo de estas ‘Novelas ejemplares’, publicadas en 1613, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta, siguiendo la estela del éxito de la primera parte de las aventuras de Don Quijote. 

Toda la carga satírica e irónica del escritor se magnifica en esta edición gracias al trabajo de Antonio Santos, cuyas ilustraciones iluminan más si cabe las palabras de Cervantes con una potente paleta dominada por los colores terrosos, rojos y anaranjados y unos trazos muy sueltos y expresivos, en los que se puede adivinar la psicología de todos y cada uno de los personajes.




La influencia del grabado mexicano de la primera mitad del siglo XX, con tanto sentimiento como compromiso social, o del trabajo del grupo El Paso -Antonio Saura y Juana Francés especialmente- flota en el estilo que Santos ha elegido para plasmar las diferentes escenas de las correrías de Berganza, quien advierte al lector desde la humilde altura que le confiere contemplar el mundo a cuatro patas que “al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en los últimos rincones de la tierra”, a la vez que le recuerda/reprocha que “el hacer y el decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres y lo mamamos en leche”. 

Con el don del habla, Cervantes también otorga a los dos perros una lucidez realista y amarga, una visión misantrópica del ser humano en la que, afortunadamente, también hay un espacio, aunque reducido, para la compasión, el perdón y el olvido, con los que hacer soportable tanta mezquindad y tanto desconsuelo. “Pero esto ya pasó, y todas las cosas se pasan; las memorias se acaban, las vidas no vuelven, las lenguas se cansan, los sucesos nuevos hacen olvidar los pasados."






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