a pie de página

a pie de página

lunes, 10 de marzo de 2014

Dino Buzzati y El desierto de los tártaros


(Schuiten & Peeters)



Indalecio Ferrín



La vida se la pasa uno buscando lo que no se encuentra. Unas veces sobre un objetivo abstracto. Otras sobre uno concreto que no se plasma jamás (algunos pensarán que sí o que al menos a medias; no estoy seguro) Pero el tiempo pasa. ¿Transcurre como si no lo pareciera? La gente mayor dirá que lo advierte a su edad más que a ninguna otra. No es una cuestión meramente formal, de que los ciclos de las horas y de los días se suceden. Es el significado de que se dotan los hombres para materializar su existencia. Los individuos se generan a sí mismo expectativas. También estas varían según la circunstancia histórica que toque vivir. Las expectativas que unos puedan crearse en intensidad y duración suelen diferenciarse respecto a las de otros. Pero quien más o quien menos trata de avanzar hacia y a través de un objetivo (¿ilusionador pero acaso iluso?), aunque al final el avance sea una mera resistencia, un dejarse llevar, un incorporarse a la rutina y en bastantes casos a la claudicación. 




En la fascinante novela El desierto de los tártaros, del autor italiano Dino Buzzati, los afanes del oficial Giovanni Drogo por prosperar en su carrera militar le llevan a una lejana fortaleza. Allá en los limites con territorio enemigo al que no se conoce. Un espacio que nunca se ha manifestado con hostilidades pero que, en el concepto del gobierno y de la milicia, puede suponer riesgo, como todas las fronteras. Detrás de aquellas montañas se inicia el desierto que hay que vigilar (misión histórica hasta ahora imposible, los GPS han replanteado el asunto) Ese destino que le ilusiona tanto al principio se revela como nada estimulante. En aquel limes del reino no sucede nada; la fortaleza es un ente más burocrático que guerrero donde no hay nada nuevo. El teniente Drogo, en plena juventud, no se encuentra a gusto en aquel ordenamiento monótono y sin alicientes. Sí, solo parece haber uno, difuso y eterno: que en algún momento llegue el enemigo y la guarnición pueda realizar su meta de luchar contra los bárbaros. En la fortaleza se vive de las órdenes repetidas, se convive en el compañerismo como única aportación harto rutinaria, aunque hay muchos que desean irse y se van. Pero otros se ven atrapados por la misteriosa atracción del objetivo de defensa del lugar. ¿Atracción o inercia? Tal vez esa sea la metáfora fundamental de la novela. Uno va viviendo, obteniendo más o menos pequeñas cosas de la vida, y sigue viviendo con objetivos iniciales que no se plasman pero que siguen atrapando o se alimentan por si definitivamente se consiguen. La idea, cada vez más difusa, sirve de resistencia, de aguante, de resignación. 




Pero en la fortaleza, no obstante no tener lugar lo fundamental que justificaría la existencia de la guarnición y su vigilia constante, pasan cosas. Al teniente Giovanni Drogo le engancha el lugar y la misión a la par que se despega del resto del mundo. ¿Es este despegue, o el no prospectar otras posibilidades de vida, lo que lleva a aquella permanencia obsesiva del oficial que solo parece disponer de ilusiones estando allí? Esperando allí, mientras envejece antes de tiempo. El tiempo imparable y decisorio:

“…Entre tanto el tiempo corría su latido silencioso mide cada vez más precipitado la vida, no podemos parar ni un instante, ni siquiera para una ojeada hacia atrás. '¡Párate! ¡Párate!', quisiéramos gritar, pero comprendemos que es inútil. Todo huye, los hombres, las estaciones, las nubes; y de nada sirve agarrarse a las piedras, resistir en lo alto de un escollo; os dedos cansados se abren, los brazos se aflojan inertes, nos arrastra de nuevo el río, que parece lento pero que jamás se para”, reflexiona el narrador Dino Buzzati en un momento dado. 

La aparente linealidad del relato va dejando medidamente cabos de reflexión sueltos y profundamente concluyentes. Tantos como para que a mí mismo -supongo que les pase a otros lectores por el estilo- se me ocurra hacer este tipo de disquisiciones. La novela, aparecida en 1940 en plena guerra y mandato de Mussolini, es una reflexión literaria de alta calidad sobre la manera de conducirse el individuo en su fuero interno, más allá de las apariencias y muestras que ven los demás. El origen abandonado y prácticamene olvidado, la desestimación de otras perspectivas vitales, la asunción de la costumbre fatídica y la dejación de la esencia indagadora del individuo, la resignación, el vencimiento. Pero un mensaje: siempre permaneciendo expectantes de alguna manera, incluso a veces estúpida e incautamente, ante lo que no parece llegar jamás, salvo el tránsito en sí mismo y las huellas del rostro de la vejez. 

¿Existencialismo filosófico en El desierto de los tártaros? En parte. Pero una frase del narrador pone un matiz de esperanza (para mí el existencialismo es esperanza): "...Y aunque éstas fueran sus palabras, la voz del corazón era muy distinta: absurdo, refractario a los años, se conservaba en él, desde la época de la juventud, aquel hondo presentimiento de cosas fatales, una oscura certidumbre de que lo bueno de la vida aún tenía que empezar". ¿Consolación o sentimiento tal cual? Que cada lector de la novela se responda. Porque leer no es tanto intentar saber lo que dice el autor como libar el néctar que nos explique a nosotros mismos.






No hay comentarios:

Publicar un comentario