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martes, 24 de marzo de 2015

¿Quién es Frida Slaw, Isabel?




El pasado viernes 20 tuvo lugar la presentación del libro de poemas de Isabel García Mellado Yo también soy Frida Slaw. La presentación de la autora corrió a cargo de Javier Yohn Planells, cuyo texto nos remite amablemente para su publicación. Lo transcribimos.





"Cuando Frida Slaw nació, no la llamaron Frida Slaw. Y esto es importante. Cuando nació le pusieron otro nombre, un nombre común con un apellido común. Eso no tiene nada de malo; de hecho, pasa a menudo. A los padres les ponen un papel delante, les dan un bolígrafo y les dicen que tienen que rellenarlo, ya, deprisa, y encima si dudan les fruncen el ceño, y un ceño fruncido es una cosa muy fea. 

Los padres de Frida Slaw todavía no podían saber si a su hija le iban a gustar los helados de chocolate o los días de lluvia o el Athletic de Bilbao, y en esas circunstancias es normal que no pudieran poner el nombre verdadero. Así que, con caligrafía de padres primerizos, los padres escribieron un nombre común con apellidos comunes en el papel. 

Ese fue el nombre que Frida Slaw llevó mucho tiempo en un carnet de plástico, y ese nombre era el que mencionaba la profesora cuando pasaba lista, y ese fue el nombre que ella le dijo a su primer novio. 


Dije antes que era importante porque el nombre es también el lugar en el mundo. El nombre dice de dónde vienes y muchas veces también indica adónde debes ir. Además, el nombre es una pantalla a través de la cual es difícil ver. Muy pocas personas se toman el tiempo necesario, la mayoría ni siquiera lo intenta. 

Frida Slaw, antes de saber que ése era su verdadero nombre, intuyó muy pronto que algo fallaba, que no terminaba de reconocerse en las letras que componían su nombre común; que le tenía mucho cariño al origen que señalaban sus apellidos, pero que cada paso que daba en la dirección que indicaban le costaba demasiado esfuerzo, como si los pies con los que caminaba no fueran los suyos. 

Tiene mérito, porque la mayoría de las personas nos amoldamos a esas palabras escritas en un carnet de plástico, nos tumbamos a ver la televisión sobre los lomos de las letras y aceptamos los nombres de los demás sin hacer preguntas. 




Pero Frida Slaw, una mañana, probó a desviarse de la dirección que le señalaban. No hay constancia de lo que pasó aquel día, pero lo más probable es que tropezara y se hiciera una herida en la rodilla, que es el sitio en el que todos nos hacemos las primeras heridas. Lo que pasó después tampoco se conoce, pero yo creo que, cuando intentó explicarse lo que había pasado, descubrió que esas palabras formaban una costra sobre la herida y a los pocos días la rodilla se había curado. Quedaba una cicatriz, sí, pero ya no era un cuerpo extraño, ajeno: ahora la cicatriz formaba parte de ella. 

También se dio cuenta de que su nombre en el carnet de plástico estaba borroso. Pestañeó, por si acaso, pero los bordes seguían difuminados. Aquí, estoy seguro, tuvo que haber un momento de abismo: ¿y si el nombre se borra del todo, luego qué? Más tarde, mucho más tarde, hubo otro momento así frente a un precipicio blanco: la maternidad. Cuando a Frida Slaw le dijeron: hola, enhorabuena, qué alegría ser madre, tenga, escriba aquí el nombre de su hija. Y tuvo que improvisar un nombre frente al ceño fruncido que le tendía el bolígrafo mientras se prometía que ayudaría a su hija a encontrar su nombre. 



Pero luego hubo otras heridas que difuminaron aún más las letras de su nombre. Algunas de esas heridas, de tan profundas, se llevaron trazos enteros. Pero las palabras, las que ella usa para explicar el camino que recorre, para marcar las curvas y los lugares donde detenerse a mirar el paisaje, o las palabra que subraya con el lápiz en otros libros, o las que escapan llenas de risa en las borracheras con su hermana y en los cafés con amigos… todas esas palabras han seguido siendo un bálsamo. 

Y entonces, por fin, apareció su nombre, el verdadero: Frida Slaw. Al final, ese primer nombre, ese nombre común desapareció, aunque algunos trazos de esas viejas letras han quedado en los trazos de las nuevas letras. 

Frida Slaw aprendió una cosa más (y está segura de que no será la última). Que Frida Slaw no es sólo ella, que Frida Slaw somos también los demás. Yo soy Frida Slaw, todos nosotros somos Frida Slaw, aunque nuestros nombres se deletreen con otras letras. Y por eso, este libro no habla sólo de Frida Slaw, no habla sólo de Isabel García Mellado, habla de todos nosotros. Y eso es, precisamente, lo que lo convierte en poesía."


Javier nos pasa este breve vídeo sobre una lectura de Isabel:





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